“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él”

129

 “El pan que yo voy a dar es mi carne por la vida del mundo”. Esta afirmación hay que entenderla bien porque es la frase central de todo el discurso; es la frase que revela el misterio de la Eucaristía en su doble aspecto de sacrificio y banquete sagrado.

Hasta aquí Jesús ha repetido: “Yo soy el pan de la vida… Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Pero aquí introduce por primera vez el concepto de “carne”. Debemos observar que en la afirmación de Jesús el sustantivo “carne” tiene dos cualificaciones: el adjetivo posesivo “mi” y la frase circunstancial “por la vida del mundo”. Ambas son fundamentales. Sin embargo, sólo la primera de estas cualificaciones provocará el rechazo de los judíos, en tanto que la segunda pasará inadvertida.

 La carne fue dada por Dios como alimento para el hombre después del diluvio. En esa ocasión Dios dijo a Noé: “Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento… Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre”. Pero Jesús había dicho “mi carne” y es esto lo que provoca la reacción: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Ante esta objeción Jesús no echa pie atrás, sino que reafirma lo dicho. Reproducimos sus mismas frases y su misma insistencia: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.

 Observamos que Jesús no sólo reafirma lo dicho, sino que introduce el concepto de “su sangre”, y afirma con la misma insistencia que ésta se da a beber. Los judíos no podían ingerir la sangre ni siquiera de los animales. Por eso al afirmar Jesús que él dará su sangre a beber, nos orienta hacia la comprensión profunda de sus palabras. “Carne y sangre” es una expresión que designa al hombre vivo en su condición terrena. Lo que Jesús quiere decir es que la comida que él va a dar es toda su Persona divina encarnada, es decir, su cuerpo vivo.

 Analicemos la segunda cualificación: “por la vida del mundo”. Esta es una expresión sacrificial. Jesús no va a dar a comer su carne simplemente, sino sólo después de haber sido ofrecida en sacrificio. Está hablando entonces de un sacrificio en que la víctima se come, es decir, de un sacrificio de comunión. Los judíos tenían claro lo que era un “sacrificio de comunión”. El Cordero Pascual era un sacrificio de comunión: se ofrece a Dios sobre el altar; el altar santifica la ofrenda, pues significa que Dios la acepta como cosa suya, sagrada; luego se comía, y de esta manera los comensales se sentían en comunión entre sí y todos en comunión con Dios. Pero esto no era más que una figura, “pues es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados”.

 La carne y sangre de Cristo inmoladas serán, en cambio, un sacrificio grato a Dios, el único sacrificio grato que expiará los pecados del mundo. Así se entiende que Jesús sea llamado: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Su sacrificio procurará entonces la vida al mundo, y entrarán en posesión de esa vida los que coman su carne sacrificada y beban su sangre derramada. Ahora comprendemos el sentido de las palabras con que Jesús definió su misión: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

 Todo esto adquirió luz cuando Jesús celebraba la cena pascual con sus discípulos en la víspera de su pasión. En esa ocasión tomó un pan y dijo: “Esto es mi cuerpo entregado por vosotros”. Usa la misma expresión sacrificial, que luego aclara al tomar la copa con el fruto de la vid y decir: “Este es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros, para el perdón de los pecados”. Ese sacrificio tuvo cumplimiento al día siguiente en la cruz.

 “La misa es el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor”.

 Jesús concluye con una frase hermosa que no quiero omitir: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él”. Cuando Jesús dice “YO” está indicando su Persona divina. Si solo hubiera dicho: “Permanece en mí”, podría entenderse como si nos sumergiéramos en la divinidad y desapareciéramos en ella, como ocurriría si alguien se sumerge en el mar inmenso. Por eso Jesús agrega esto otro: “Y yo permanezco en él”. ¡El Dios infinito en nosotros! Entonces no desaparecemos en la divinidad sino que mantenemos nuestra individualidad, pero animada por la vida divina que poseemos como propia. (Del texto de Felipe Bacarreza Rodríguez, Obispo de Santa María de Los Ángeles (Chile) en Aciprensa, 11/08/2015.)

 “¡Tú en mí y yo en ti!, Jesús mío, mi alma desborda de alegría. Tu amor por mi te ha llevado hasta el sacrificio, todo para que mi alma no perezca. Quiero estar siempre contigo para que guíes mis pasos y no me aleje ni un instante de ti…”