El que esté libre de pecado…

10

Uno de mis pasajes favoritos del Evangelio es ese hermoso momento en el que Jesús mostró su compasión hacia una mujer adúltera, lo cual, en aquel tiempo, se castigaba con lapidación. La resolución de Jesús es de una sabiduría extrema. No hay nadie que quede excluido de dicha cobertura, nadie está exento de tal enseñanza.

Algo curioso que vi hace poco en una red social fue la frase: “El que esté libre de pecado… que entregue su celular”. Digamos que esa sería la broma, la versión contemporánea de aquel maravilloso pasaje bíblico. Pues al final, el mensaje es el mismo: todos tenemos algo de qué avergonzarnos, algo que pesa en nuestras conciencias. Y por lo tanto no tenemos el derecho de juzgar a otros ni mucho menos de condenarlos.

Cuando Cristo dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le arroje la primera piedra” (Juan 8:7), estaba retando a todos los que demandaban castigo. Sabía que nadie se atrevería a lanzar ni un grano de arena. Jesús no estaba defendiendo el pecado de la mujer; estaba atacando la soberbia de sus acusadores. ¿De dónde venía la rabia de esa turba de gente que la perseguía? ¿De una santidad perfecta? No lo creo. Más bien de una intemperancia notable. El exceso de su rabia iba a orillarlos a matar, lo cual, por cierto, viola uno de los diez mandamientos que Dios entregó a Moisés.

Jesucristo era un verdadero Maestro. Iluminado por el Padre, y siendo Dios mismo encarnado, dio enseñanzas profundas de maneras nunca antes vistas. El impacto de sus palabras cambió el rumbo de la humanidad hacia una filosofía de amor, perdón, compasión, paz, reivindicación, igualdad, justicia, etcétera.

Todos estos conceptos son las que nuestra fe sustenta, pero aun hoy en día la corriente del mundo va contra ellos. Todavía el odio, la guerra, la injusticia, la crueldad, la envidia, la falta de perdón dominan muchos ámbitos de la convivencia humana, y la destrucción que se desprende de ello está a la vista de todos.

Por eso, hoy más que nunca, los que seguimos a Cristo, los que creemos en el sacrificio de la cruz, los que anunciamos las buenas nuevas del Salvador, del Hijo de Dios, debemos renovar fuerzas, recubrirnos de todo aquello que es fruto del Espíritu: generosidad, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, etcétera, y abandonar las prácticas de la envidia, el enojo, los pleitos, la condenación, la maledicencia, para colaborar en la propagación de la Palabra de verdad y el Reino de Dios en un mundo que se cae a pedazos.

Nadie está libre de pecado, todos necesitamos Salvación. Todos necesitamos ser perdonados y perdonar.