La fidelidad… un principio de congruencia

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Muchas son las opiniones en torno a la monogamia. En tiempos modernos, algunos se pronuncian a favor de la poligamia, otros comparten a sus parejas (swingers), otros viven en trío bajo el mismo techo, etcétera. La diversidad de opiniones al respecto es abundante. Jóvenes y no tan jóvenes defienden su postura respecto de la monogamia, algunos a favor, y otros en contra. Unos de manera moderada, otros de manera apasionada.

Hablar de monogamia nos remite inmediatamente al tema de la fidelidad, y nos referimos concretamente a la fidelidad entre dos personas que constituyen una pareja. Hay diferentes opiniones sobre este concepto y grandes polémicas pueden desatarse alrededor del mismo. Algunos creemos que la fidelidad es esencial en una pareja, otros dicen que están dispuestos a romper dicho vínculo de vez en cuando, otros no creen que pueda existir la fidelidad total, y otros de plano no le dan ninguna importancia y viven siempre en la infidelidad, exponiéndose a toda clase de enfermedades y tragedias.

Lo cierto es que muchísimas personas, al establecer una relación de amor con alguien, esperan fidelidad, suponen fidelidad o exigen fidelidad y están dispuestos a darla también, pues eso les proporciona seguridad, bienestar y satisfacción. Otros muchos critican la fidelidad, o se burlan de ella, diciendo que el ser humano es polígamo por naturaleza, y que la monogamia es una especie de cárcel.

Sin embargo, la poligamia produce siempre desequilibrios y conflictos dolorosos en la pareja. Aun aquellos que la practican por voluntad propia, o de mutuo acuerdo, terminan casi siempre en una relación irrespetuosa, violenta, lastimada y, finalmente, diluida. Las excepciones son muy pocas. En cambio, aunque se critique a la monogamia de aburrida, los casos de éxito son muchos más. Aunque haya muchos divorcios hoy en día, también hay parejas que guardan fidelidad y viven una vida plena, respetuosa, leal, amorosa, íntegra y feliz.

Muchos piensan que ser fiel llega a cansar y a ser aburrido, y que la diversión reside en tener aventuras (sin meditar demasiado en las consecuencias y el daño profundo que esto puede provocar en una persona, una pareja o una familia entera). Algunas personas llegan a externar que la fidelidad es una especie de sacrificio, y que se requiere un esfuerzo “sobrehumano” para ser fiel.

Nada más alejado de la realidad. La fidelidad no es un acto de autocastigo, tampoco es el cese de la libertad, no significa esclavitud o encierro. La fidelidad es un principio de congruencia: si elegimos formar parte de una pareja y tener una vida en común, la lealtad es un principio básico de reciprocidad que permite un vínculo sano, seguro y duradero, para construir una relación sólida.

Si elegimos amar a alguien, y de hecho lo amamos, la consecuencia natural es la fidelidad. Nuestro interés y dedicación están inclinados hacia esa persona especial. ¿Por qué de pronto muchos desean ser infieles? Porque dejan de amar. Dejan de enfocar su energía y su pasión en la persona que tienen al lado. Dejan de amar y ser amados.

Además de un principio de congruencia, la fidelidad es un acto natural de amor, de devoción hacia el ser amado. Es una inclinación alegre, libre, plena y llena de entusiasmo. Los que nos pronunciamos a favor de la fidelidad, dedicamos la vida a cultivar ese amor, y nos sentimos cada día más enamorados de nuestra pareja. Obtenemos gran placer en el amor que damos y recibimos, y nos sentimos satisfechos y seguros. No nos cansamos de amar y, por lo tanto, somos amados.