La pureza del primer amor

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En la vida diaria, encontramos amor en diferentes personas, pero el verdadero amor sólo unas cuantas veces. Cuando hallamos a la persona idónea para nosotros y establecemos una relación de compromiso, el principio de ese amor es la base sobre la que edificamos juntos la convivencia y la felicidad diaria. Ese amor potente que sentimos al inicio es el fundamento que sustenta el futuro.

Cuando tenemos un hijo, el primer amor que sentimos por él es el cimiento sobre el que más tarde construimos una relación permanente y sólida. Siempre el primer amor es aquello que nos motiva para iniciar, conservar y lograr algo positivo con alguien. Por otra parte, cuando escuchamos el mensaje del evangelio y nos sometimos a su enseñanza, o cuando Jesús entró en nuestro corazón, seguramente estábamos llenos de situaciones: tal vez una enfermedad, un temor, un vicio, un problema familiar, un dolor emocional, un problema mental, una adicción, un asunto legal, una deuda, una situación límite, etcétera.

Y muy probablemente pudimos ser rescatados, sanados y restaurados luego de conocer el camino del Señor y su Palabra. Todo eso es bueno, pues de eso trata la salvación, y Jesús dio su vida para que pudiéramos alcanzarlo. Sin embargo, el Evangelio es básicamente una invitación al arrepentimiento para ser perdonados y transformados en algo agradable a Dios, mediante una vida nueva.

Pero este acto de arrepentimiento tiene que ser motivado por el amor, es decir, es necesario que comprendamos el amor que Dios nos tiene, y que tuvo al entregar a su propio hijo en propiciación por nuestros pecados. Asimismo, nuestra devoción a Él debe ser iniciada y continuada por el amor que eso despierta en nosotros.

En el libro de Apocalipsis, el ángel de la iglesia en Efeso se refiere al primer amor de esta manera: Conozco tus obras, tus dificultades y tu perseverancia. Sé que no puedes tolerar a los malos y que pusiste a prueba a los que se llaman a sí mismos apóstoles y los hallaste mentirosos. Tampoco te falta la constancia y has sufrido por mi nombre sin desanimarte, pero tengo algo en contra tuya, y es que has perdido tu amor del principio. Date cuenta, pues, de dónde has caído, recupérate y vuelve a lo que antes sabías hacer; de lo contrario iré donde ti y cambiaré tu candelero de su lugar. Eso haré si no te arrepientes. (Apocalipsis 2:2-5)

El amor de Dios se manifestó primero a los hombres, fue derramado en la cruz como una muestra de eternidad, como un acto de misericordia sin límites.

No hay nada más bello, o que Dios ame más, que una relación de amor. Así como nosotros deseamos que nuestros hijos se acerquen por amor y no sólo para pedirnos algo, Dios también espera amor de nuestra parte. Él está dispuesto a darnos todo, porque nos ama sobremanera, somos sus criaturas, pero su corazón desea que lo amemos siempre y en cualquier circunstancia.

Los esposos prometen amarse por siempre cuando hacen sus votos, sin importar las circunstancias, porque eso es el amor real, y es lo que esperan uno del otro durante el matrimonio. Su vida familiar se funda en ese amor resistente, permanente y duradero.

De igual forma, Jesús espera de nosotros un amor sincero, comprometido, pero sobre todo real y constante. Él desea tener una relación íntima, una relación personal, estrecha, cercana con sus hijos. A veces, nosotros lo buscamos por obtener favores: sanidad, finanzas, prosperidad, resolver algún conflicto familiar, salvar nuestro matrimonio, etcétera. Pero la verdadera motivación, la expectativa correcta para buscarlo debe ser el amor, por lo que Él hizo en la cruz para salvarnos.