Esta Semana Santa, de la mano de Santa Teresa

4

Comenzamos Semana Santa, la semana más grande del año. Aunque pueda extrañar a algunos, lo reconozco, más importante que Navidad o que cualquier festividad dedicada a la Virgen María. Sí, más aún. Celebramos la fiesta de nuestra redención. El origen de nuestra salvación. Si hay algo sobresaliente en nuestra fe cristiana, es la experiencia de vivir con plenitud el Jueves Santo, el Viernes Santo y, por supuesto, no olvidarnos de la Vigilia Pascual, culmen de todas las solemnidades: la celebración de la Resurrección de Jesucristo.

Pero esta Semana Santa, ¡oh, casualidad!, viene precedida por una fiesta a la que debemos prestar atención, aunque sea un minuto: la celebración del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, este pasado sábado 28 de marzo. La santa carmelita ha pasado a la historia por muchas razones, además de fundadora y de maestra de oración, una de ellas es por la de poeta. Hay una oración y poema suyo titulado: “Vuestra soy, para Vos nací / ¿qué mandáis hacer de mí?” que nos puede acompañar a lo largo de estos días santos. Para muestra, la siguiente estrofa:

Vuestra soy, pues me criastes,

vuestra, pues me redimistes,

vuestra, pues que me sufristes,

vuestra, pues que me llamastes,

vuestra, porque me esperastes,

vuestra, pues no me perdí:

¿qué mandáis hacer de mí?

¿Acaso hay alguna forma mejor de explicar lo fundamental, la esencia misma de la Semana Santa?

“¿Qué mandáis hacer de mí?”

La pasión de Cristo, hoy como siempre, tiene rostros, nombres y apellidos. Vivir la Semana Santa desde un punto de vista espiritual y litúrgico es lo deseable, pero sin descuidar la pregunta de santa Teresa: “¿Qué mandáis hacer de mí?”. El Señor nos ‘manda’ ir junto al familiar enfermo, o con el vecino que vive solo, con los pobres que piden en los semáforos, con el compañero de trabajo que tiene su familia lejos y no podrá pasar estos días con ella, con el recién divorciado que vivirá su primera Semana Santa en soledad… El Jueves Santo, por el significado de amor tan profundo que se desprende de este día en que recordamos la Última Cena, la Iglesia lo califica como el “día del amor fraterno” o el “día de la caridad”.

¿Acaso hay alguna forma mejor de vivir la Semana Santa que estando al lado del hermano necesitado?

“Vuestra, pues que me sufristes”

En Viernes Santo la Iglesia celebra la jornada por los Santos Lugares. Se trata de dirigir nuestros ojos hacia los cristianos que viven en Tierra Santa, hacia los hombres y mujeres nacieron en la misma tierra que Jesús. Son los testigos del Señor en aquella parte del mundo. Son quienes recuerdan a los actuales moradores que aquella Tierra es Santa porque la pisó Jesús. Son aquellos que en pleno siglo XXI sufren persecución y mueren por la misma razón que Cristo hace dos mil años.

Unos datos para recordar a los cristianos en viven en Tierra Santa y Oriente Medio: solo en la guerra de Gaza del año pasado hubo más de 2.000 muertos, 11.000 heridos, 200.000 desplazados y más de 20.000 viviendas, hospitales y escuelas destruidas.

Por su parte, los terroristas de Estado Islámico, en Siria y en el norte de Irak, han provocado que más de 120.000 cristianos hayan sido despojados de sus propiedades, amenazados de muerte y torturados. Y ello sin que sepamos con precisión a cuantos el mantener su fe cristiana les ha podido costar la vida, como aconteció hace un mes, en Libia, con veinte de cristianos coptos. Una persecución que ha costado la vida a catorce franciscanos además otros religiosos y sacerdotes, especialmente en Siria.

Por eso, en Viernes Santo no podemos dejar solos a los cristianos de Oriente Medio. La Pasión continúa en nuestros hermanos perseguidos. El resto de la comunidad cristiana no puede menos que orar, y en la medida de nuestras posibilidades ser solidarios y generosos con las colectas que se hacen en nuestras parroquias para ayudarlos.

¿Acaso vamos a ser indiferentes con quienes sufren en sus propias carnes la persecución por ser cristiano?

Una cosa más me queda: desearte lo mejor de la Semana Santa: ¡Feliz Pascua de Resurrección!

“Vuestra soy, para vos nací”

Vuestra soy, para Vos nací,

¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,

eterna sabiduría,

bondad buena al alma mía;

Dios alteza, un ser, bondad,

la gran vileza mirad

que hoy os canta amor así:

¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,

vuestra, pues me redimistes,

vuestra, pues que me sufristes,

vuestra pues que me llamastes,

vuestra porque me esperastes,

vuestra, pues no me perdí:

¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,

que haga tan vil criado?

¿Cuál oficio le habéis dado

a este esclavo pecador?

Veisme aquí, mi dulce Amor,

amor dulce, veisme aquí:

¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,

yo le pongo en vuestra palma,

mi cuerpo, mi vida y alma,

mis entrañas y afición;

dulce Esposo y redención,

pues por vuestra me ofrecí:

¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida:

dad salud o enfermedad,

honra o deshonra me dad,

dadme guerra o paz crecida,

flaqueza o fuerza cumplida,

que a todo digo que sí:

¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,

dad consuelo o desconsuelo,

dadme alegría o tristeza,

dadme infierno o dadme cielo,

vida dulce, sol sin velo,

pues del todo me rendí:

¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración,

si no, dadme sequedad,

si abundancia y devoción,

y si no esterilidad.

Soberana Majestad,

sólo hallo paz aquí:

¿qué mandáis hacer de mi?

Dadme, pues, sabiduría,

o por amor, ignorancia;

dadme años de abundancia,

o de hambre y carestía;

dad tiniebla o claro día,

revolvedme aquí o allí:

¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,

quiero por amor holgar.

Si me mandáis trabajar,

morir quiero trabajando.

Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?

Decid, dulce Amor, decid:

¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,

desierto o tierra abundosa;

sea Job en el dolor,

o Juan que al pecho reposa;

sea viña fructuosa

o estéril, si cumple así:

¿qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,

o de Egipto adelantado,

o David sufriendo penas,

o ya David encumbrado;

sea Jonás anegado,

o libertado de allí:

¿qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,

haga fruto o no le haga,

muéstreme la ley mi llaga,

goce de Evangelio blando;

esté penando o gozando,

sólo vos en mí vivid:

¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para vos nací,

¿qué mandáis hacer de mí?