La Revolución del Amor

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Históricamente las revoluciones han sido levantamientos sociales contra regímenes de gobierno autoritarios o dictatoriales que han rebasado todo límite de abuso sobre la población. Estas luchas han costado vidas y pérdidas materiales. Algunas lograron grandes cambios en la estructura socioeconómica del país en el que se suscitaron, y por un tiempo la sociedad ganó muchos beneficios. Sin embargo, con el paso de los años, por lo regular vuelven a establecerse las dictaduras o los gobiernos opresores en el mismo lugar donde hubo una revolución.

Cuando Jesucristo vino al mundo, muchos de sus seguidores pensaban que él era quien iniciaría una revolución contra el Imperio Romano. Creían que su reinado sería terrenal y que su poder sería utilizado para liberarlos del sometimiento en el que se encontraba el pueblo hebreo. De alguna manera era así, pero en un sentido espiritual mucho más amplio que el contexto social. Mucha gente no pudo entender cuando Cristo dijo frases como: “Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días.” (Juan 2:19). O cuando afirmó: “Y en ese preciso momento verán al Hijo del Hombre viniendo en la Nube, con gran poder e infinita gloria.” (Lucas 21:27).

Dentro del pensamiento laico, muchos están convencidos de que Jesús era un “iluminado”, o un hombre superdotado, un gurú que había desarrollado poderes mentales. Y afirman que por eso él podía sanar a los enfermos, convertir el agua en vino, levantar a los muertos, dominar la tempestad, caminar sobre el mar, multiplicar el pan y los peces, escabullirse entre la multitud cuando sus enemigos lo perseguían, echar fuera a los demonios, etcétera.

Nosotros, los cristianos, sabemos que él era el Hijo de Dios, y que su poder le fue dado de lo alto, porque en su cuerpo habitaba la divinidad. Él era Dios. Vino al mundo para transformar al mundo, y a partir de su llegada la historia de la humanidad se dividió en antes y después de Cristo. El reino de Dios vino a la tierra y fue anunciado por él. En ese sentido fue un revolucionario. Estableció el principio del amor como fundamento de la fe y, con su ejemplo, sus palabras y sus milagros nos mostró la manera correcta de vivir, ese estilo de vida compasivo donde el perdón y el servicio a los semejantes glorifican a Dios.

Nuestra fe no debe quedarse en una convicción pasiva, en una vivencia egoísta, callada, reservada. Nuestra fe debe ser reflejada día a día en nuestro comportamiento, en nuestra manera de hablar, en las metas que nos planteemos y en las decisiones que tomemos a cada instante. Como creyentes, no sólo se nos exige santidad y devoción al Señor, sino una actitud revolucionaria, una pasión por el reino. Ser seguidores de Jesucristo no significa sólo asistir a la iglesia los domingos, lo cual es parte de nuestra vida devota, sino una permanencia en la fe, es decir, una experiencia diaria junto a nuestro Creador, buscando conocerle y cumplir sus propósitos en nuestra existencia.

Nuestra fe no debe ser pasiva, sino activa. La meta: propagar el mensaje de amor, arrepentimiento, perdón y salvación que el Hijo de Dios vino a anunciarnos. Estamos casi a un mes de celebrar su nacimiento, una de las fechas más importantes para los creyentes: la Navidad. Tenemos tiempo para reflexionar en todo lo que nos enseñó en los tres años de su ministerio más activo en la tierra. La fe tiene que ser algo más que una autocomplacencia; la fe debe conducirnos al servicio a los demás, y a esmerarnos por transformar el mundo con la Revolución del Amor.