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Jornada Mundial de la Juventud

Dice San Lucas (V, 15) que la fama de Jesús se extendía cada vez más y una numerosa multitud acudía a oírle y ser curados. Dos mil años después, esta escena se ha repetido en Madrid, donde el Papa Benedicto XVI congregó a miríadas de creyentes en la Jornada Mundial de la Juventud. Un arrollador torrente de fe inundó las calles madrileñas en agosto. “Vengo aquí”, dijo el Papa, “a encontrarme con millares de jóvenes de todo el mundo, católicos, interesados por Cristo o en busca de la verdad que dé sentido genuino a su existencia”. Y es que el Pontífice conoce el barro del que estamos hechos los humanos, y en especial los jóvenes, amenazados ante tanta desorientación moral. Por eso Benedicto XVI les dijo: “Cuando no se camina al lado de Cristo, que nos guía, nos dispersamos por otras sendas, como la de nuestros propios impulsos ciegos y egoístas, la de propuestas halagadoras pero interesadas, engañosas y volubles, que dejan el vacío y la frustración tras de sí”. Porque el cristianismo no es un moralismo estéril. Y porque el Evangelio es una aventura apasionante que abre nuevos horizontes por los que merece la pena ofrendar la vida. “No hay nada más bello que conocer a Jesucristo y anunciarlo a los demás, para así participar en la transformación de este mundo”. Una de las tareas de las JMJ es la formación integral de la persona, que debe capacitarse para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad, porque, según expresa el Pontífice, “hemos sido creados libres, a imagen de Dios, precisamente para que seamos protagonistas de la búsqueda de la verdad y del bien, responsables de nuestras acciones y no meros ejecutores ciegos, colaboradores creativos en la tarea de cultivar y embellecer la obra de la creación”. Una vez más, el Pontífice advirtió a los jóvenes contra el relativismo: “Hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento”. Finalizado el evento, la JMJ sigue desarrollándose en el corazón de cada joven participante, donde la Iglesia quiere dialogar en profundo con las nuevas generaciones.