Dios desea que el matrimonio sea una bendición para el mundo. Es lo que realmente se siente al momento en que, ante el altar, los contrayentes dicen: “Sí, prometo”. Este momento es un reflejo de aquel en que Dios colmó de bendiciones a Adán y a Eva, nuestros primeros padres.
¿Tiene Dios algo que ver en el enamoramiento entre las parejas? Sí. Dios tiene mucho que ver en el amor de los novios y de los esposos. Escoge a cada uno para ofrecerle todas las gracias del sacramento del matrimonio. Porque los esposos cristianos están llamados a mejorar el mundo, a mejorar la vida de los demás a través del sacramento del matrimonio.
Para asegurar que el matrimonio sea una bendición para el resto del mundo, además de las ricas fuentes espirituales como la oración y las buenas acciones, los esposos tienen que alimentarlo en todas las formas disponibles: directores espirituales, párrocos, confesores, sacerdotes, retiros, convivencias matrimoniales, libros, programas de radio, documentales, cursos, programas conciliatorios, terapeutas, psicólogos, orientadores para matrimonios en problemas, para los que comienzan, para parejas mayores. Hay toneladas de apoyos por doquier.

¿Qué es el matrimonio?
El matrimonio es un sacramento y es parte de la vida espiritual de cada creyente, pero recibe constantemente ataques. Este sacramento, que cada día parece perder más valor entre las sociedades tecnológicamente avanzadas, tiene como enemigos a los tres tradicionales de nuestra vida espiritual: el demonio, el mundo y la carne. El primero utiliza las engañosas atracciones del mundo y a las sociedades que no comparten los valores cristianos para estimular los deseos egoístas, y son estos deseos los que alejan al alma de Dios y de sus planes.
Dado que en una relación matrimonial el control es compartido por igual por cada esposo, ambos deben ser abiertos, saber perdonar, ser flexibles y, si se llega a un punto en que la relación puede hacer sentir temeroso o inseguro a alguno de los dos, han de evitar lo que no se pueda controlar.
Los esposos no están solos en el cumplimiento de su misión. Es cierto que los enemigos son fuertes, pero Dios está de su lado, y mediante la oración y la orientación espiritual apropiada los cónyuges sienten su presencia en todos los actos de su vida diaria, y eso les da la confianza para enfrentar cualquier situación. No están solos, Dios está de su lado y presto a socorrerlos si se lo piden con fe.
Lo mejor que pueden hacer por su matrimonio radica en esforzarse por lograr la santidad. Permitir que la corriente de la gracia de Dios empape sus almas, que las perfeccione y desarrolle, que las inspire en todo momento. Mientras más llenos estén de Dios, más abiertamente vivirán su vocación matrimonial. Lo más importante es la vida de gracia, que se traduce en rezos, en recibir los sacramentos de la eucaristía y del perdón, en seguir las enseñanzas de la Iglesia y en practicar las obras de misericordia.
Como seres humanos, también los esposos son vulnerables al egoísmo y a la autosuficiencia, a la impureza de alma y cuerpo, a la autocomplacencia, a la rutina, y si tratan de combatir esas tentaciones solos, confiados únicamente en su fuerza, van a fracasar. Deben armarse con el arsenal que Dios pone siempre a su disposición.
