
Nacimiento y niñez
Nació en Marktl am Inn el sábado de Gloria de 1927. Es el más joven de los tres hijos de Joseph Ratzinger, un oficial de policía, y de María Peinter. Su hermano Georg Ratzinger (1923), también sacerdote, aún vive. Su hermana Maria Ratzinger, quien nunca se casó, administró la casa del cardenal Ratzinger hasta su muerte en 1991. Sus padres lo enviaron al seminario de San Miguel, donde se desempeñó como un estudiante dedicado. Pasó su infancia y adolescencia en Traunstein, una pequeña localidad cerca de la frontera con Austria, a treinta kilómetros de Salzburgo, donde recibió una sólida formación cristiana, humana y cultural.
Juventud
El periodo de su juventud no fue fácil. La fe y la educación familiar lo prepararon para afrontar la dura experiencia de aquellos tiempos, en los que el régimen nazi mantenía un clima de fuerte hostilidad contra la Iglesia católica. El joven Joseph vio cómo los nazis golpearon al párroco antes de la celebración eucarística.
Antes de la segunda guerra mundial ningún seminarista había pertenecido a las Juventudes Hitlerianas, pero el régimen nazi exigió la afiliación obligatoria, por lo que a los 16 años Joseph Ratzinger fue llamado a filas y enrolado en los servicios auxiliares antiaéreos. El joven soldado desertó en los últimos días de la guerra, pero fue hecho prisionero por los Aliados en 1945 y pronto liberado. De 1946 a 1951 estudió filosofía y teología en la universidad de Munich.
Sacerdote, obispo y cardenal
El 29 de junio de 1951 recibió, junto con su hermano Georg, el sacramento del orden sacerdotal. Consagrado arzobispo de Munich y Freising en 1977, tres meses después el Papa Pablo VI lo nombró cardenal. Durante el Sínodo de los Obispos de 1977, dedicado al tema de la catequesis, tuvo su primer encuentro con el cardenal Karol Wojtyła, después de muchos años de intercambiar con él correspondencia, ideas y libros.
Pensamiento teológico
A lo largo de su vida, Joseph Ratzinger ha publicado una treintena de libros, casi un centenar de documentos doctrinales, documentos sacramentales e innumerables discursos e intervenciones, en los que ha expuesto su pensamiento y doctrina.
Al inicio de su vida académica como profesor de teología enfrentó muchos problemas, pues sus enfoques disentían de los esquemas tradicionales, lo que le ocasionó cierta incomprensión. Además, dar a conocer a sus alumnos las ideas de algunos teólogos en aquel momento considerados avanzados, también le acarreó los recelos del catolicismo más conservador. Durante el Concilio Vaticano II (1962-1965) fue asesor teológico y defendió un debate abierto, impulsando las ideas reformistas y una nueva manera de exponer las verdades centrales del cristianismo.
La moral
En el tema de la moral, ha insistido en que el cristianismo no es un moralismo. La fe cristiana no tiene nada que ver con la religiosidad que busca la recompensa, que se ciñe a un legalismo ético para ganarse supuestamente un derecho a la salvación. Por el contrario, la fe en Jesús se basa en la humildad que vive del amor gratuito recibido más allá del mérito y el rigorismo. Es esta apertura al don lo que transforma al hombre y produce su conversión.
En su libro Escatología, muerte y vida eterna, pretende dar una respuesta teológica a una sociedad burguesa atenazada por el miedo al sufrimiento y a la muerte. En esta obra afirma que la fe cristiana está volcada hacia la vida, su meta es la vida en todos sus niveles en cuanto a don y reflejo de Dios, que es la Vida.
Combatió la identificación del compromiso social cristiano con la colaboración en las nuevas estructuras de poder revolucionario que surgieron en Latinoamérica, y condenó las manifestaciones más exacerbadas de la Teología de la Liberación, a la que vio influida por el marxismo.
También fue crítico con la identificación de la fe cristiana con formas políticas conservadoras, en coherencia con su concepción de un cristianismo que va mucho más allá de la mezquina defensa de estructuras políticas y sociales que siempre serán mutables y pasajeras. La fe cristiana es incompatible con la adhesión a sistemas de dominación y opresión, sean del signo que sean. Por ello, ha denunciado los males derivados del capitalismo y el liberalismo occidentales.
La importancia de la alegría
En Teoría de los principios teológicos, materiales para una teología fundamental, afirma que una de las primeras reglas del discernimiento espiritual consiste en que donde está ausente la alegría está ausente el Espíritu.
Para el ahora Papa Benedicto XVI, el cristiano occidental vive hoy en una era neopagana, marcada por la idolatría del dinero, el prestigio, el placer y el poder. Por ello la persona está cada vez más aislada y desorientada y la sociedad desprovista de valores humanos consistentes. Ante ello, el cristiano ha de ser el quen transmita la liberación del que vive del Perdón y la promesa de la Vida Eterna para todos los hombres.
Aunque esto le acarreó críticas de parte de los teólogos más avanzados, le ganó la confianza de Juan Pablo II, que lo nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Bajo su dirección se publicaron escritos acerca de la postura de la Iglesia católica respecto a las personas homosexuales, y la "Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral de las personas homosexuales".
También fue el responsable de estudiar la compatibilidad de la teología de la liberación con la doctrina católica; y le correspondió prohibir la enseñanza en nombre de la Iglesia a teólogos como Hans Küng y Leonardo Boff, entre otros.
Como responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Papa Juan Pablo II le encomendó la redacción de un nuevo Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992 luego de seis años de trabajo.

// Por Bernardo Osorio
Consagrado del Regnum Christi Comunicador
El hombre está destinado a vivir en dos universos, dice Jean Moreaux en su libro Sentido cristiano del hombre. Los griegos también creían esto e iniciaron la actividad deportiva organizada como un acto de culto a los dioses. Tenían la intuición de que esa excelencia en el desempeño del cuerpo y el espíritu los acercaría a ese mundo de deidades al que se sentían profundamente llamados.
Creo que nosotros hemos roto esta conexión entre deporte y crecimiento espiritual acon- sejada por la Iglesia –particularmente por San Pablo y por el Beato Juan Pablo II– al no iluminarla desde la fe católica. Con ello, estamos dejando escapar de nuestras manos una extraordinaria oportunidad de demostrar cómo lo católico –Cristo– ilumina y da sen- tido a todas las realidades del hombre.
Posibles causas
Las razones pueden ser muchas, pero yo solo me ocupo de dos para no desviarme del propósito de este artículo. Me gustaría, además, que hagamos ese análisis y al mismo tiempo realizar un ejercicio de ca- tolicidad y así constatar lo que dicho.
Uno de los posibles motivos es que hemos concedi- do el rasgo de sagrado a cosas que no lo son –entre ellas el deporte– y que no merecen ese trato. Y al mis- mo tiempo hemos desacralizado lo verdaderamente sagrado. La defensa que hacemos de nuestro equi- po contrasta con la poca defensa que hacemos de nuestra fe. La perseverancia con la que entrenamos hasta el límite no tiene nada que ver con los pretex- tos que ponemos al momento de ir a misa. Nunca he escuchado a nadie decir, ante la falta cometida por un deportista de usar sustancias prohibidas, que debe- ríamos permitir su uso generalizado. Todo lo contrario, se busca reforzar las medidas y aumentar las penas con tal de que el ideal deportivo se mantenga alto. Sin embargo, ante la falta cometida por algún ministro de culto o alguien abiertamente católico, somos muy fá- ciles a cuestionar a la institución y pedir que sea la Iglesia la que baje las exigencias, en lugar de aceptar la norma (que no está para otra cosa que para con- figurarnos con Cristo). En fin, que esta deformación y desjerarquizacion de la vocación del hombre a lo sagrado, nos ha polarizado y le hemos declarado la guerra al deporte.
Otro de los motivos es la idea que nos hemos permitido esparcir de que el cristiano es enemigo de lo temporal. Al abandonar y despreciar lo temporal, atrofiamos una realidad: la de que solo una verdadera actitud cristiana permite abarcar y salvar todo lo temporal. Nuevamente el deporte es nuestro enemigo o, en el menos malo de los casos, estamos dejando pasar una extraordinaria oportunidad para llevar a cabo un ejercicio de catoli- cidad –tomarlo todo e iluminarlo todo– y de formación de la espiritualidad. En la medida en que la persona se toma más en serio el deporte más se genera esta división si no sabemos cómo abordarlo.
El deporte
Veamos ahora cómo podemos iluminar el deporte. Tampoco seremos exhaustivos, pero espero que sí lo suficiente como para dejar la inquietud de seguir profundizando.
La práctica del deporte requiere invariablemente de una doble actitud inseparable y consecuente: la de negarse a sí mismo –entrenamiento, alimentación, competencia– y la realidad de que esta abnegación produce casi invariablemente algo bueno. El paso previo a la medalla o a una mejor marca es la abne- gación. Y es que el deporte hace el cuerpo dócil al espíritu. Todas aquellas cosas de las que se abstie- ne el atleta que va por la corona, son precisamente aquellas que el cuerpo prefiere. En el deporte, como en el crecimiento espiritual, el enemigo a vencer es uno mismo.
¿Es esta una imitación de Cristo? A mí me parece que sí, pero hay que darle intencionalidad. Hay que explicarle al deportista que en el fondo quiere dar más, ser más veloz y saltar más alto por ese rasgo de divinidad que nos otorga Dios desde la Creación al hacernos a su imagen y semejanza, confirmada por Cristo con su encarnación y sostenida con la acción del Espíritu Santo. Son reminiscencias de la verdadera patria a la que estamos destinados; en fin, don por el que tenemos que optar. La abne- gación, el morir en la cruz para el cristiano es la ley para resucitar con un cuerpo glorioso.
San Pablo, en su carta a los Corintios (1 COR 9, 24-27), usa al deporte para hacer una comparación entre el deportista y el cristiano. La comparación es muy ilustrativa, pero puntualiza que aun cuando ambos compiten por una corona, la del deportis- ta es solo para el ganador y es corruptible; la del católico es un premio para todos, y además inco- rruptible. No es una bifurcación, es más bien que la actitud del cristiano engloba a la del deportista.
Medios concretos
En general, y para incrementar el amor a lo temporal, tenemos que formar en nosotros y en la gente que nos rodea un amor positivo a la creación, es decir, aceptar la crea- ción con acción de gracias y como parte de la redención de Cristo. También un amor orientado, que es aquel que, teniendo en cuenta que nos podemos desviar fácilmente, dediquemos reflexión y esfuerzo a regresar al camino correcto. Los retiros frecuentes, una vida de oración y sacramental activa y profunda, los balances al final del día son al- gunos de tantos medios que nos pueden ayudar. Por último, debemos formar un amor redentor que nos impida caer en la idolatría. ¿Qué conviene en este caso? En primer lugar, y a pesar de que estamos trabajando el amor a lo temporal, el sacrificio de lo temporal, cuando sea necesario, sería lo primero, además de una actitud de imitación de Cristo-Redentor que luchó contra el mal, pero que potenció el bien.
Con todo, la ley o norma más importante para nosotros los católicos es Cristo. Una persona divina y humana que al encarnarse apreció la realidad corpórea y espiritual del hombre, y con sus constantes manifestaciones de amor a la creación se convierte en nuestra referencia absoluta.
Hablando concretamente de la actividad atlética:
1. Es necesario imprimirle intencionalidad a nuestra actividad deportiva y ordenarla según lo que hemos comentado.
2. Combata la idolatría en cualquiera de sus for- mas, culto a un equipo, a un deporte o al propio cuerpo. Cuando sea posible, hay que hacer depor- tes de temporada para buscar ser más un atleta que un adorador de un deporte. También puedes mostrar este video a tus hijos o deportistas donde jugadores profesionales de béisbol hablan sobre su fe. http://www.championsoffaith.com/home.asp
3. Nunca permitir que la práctica del deporte in- terfiera con la práctica religiosa. El material en esta página puede ayudar a entender cómo deportistas de alto rendimiento han logrado usar su prestigio para hablar de su fe: http://www.catholicathletesforchrist.com/
4. Si se es un deportista de alto rendimiento o se está preparando para una competencia, el manual de oraciones del deportista recopilado por el Dr. To- más Bolaño es una muy buena opción. http://teologiadeldeporte.blogspot.com/2009/08/ oraciones-del-deportista.html
5. En la medida de lo
posible, hay que permitir a los hijos buscar el deporte para el que están hechos. Hay que ayudarlos a pasar por la experiencia de que hacer la voluntad de Dios implicará una combinación de algo que atrae al mismo tiempo que costará trabajo.
6. No enfocarse solo en ganar, sino en todo el proceso de vencerse a uno mismo. Hay que evitar usar las frases motivacionales donde el ganar es lo único que importa.
7. Aun cuando no se tengan demasiadas habili- dades para competir, hay que impulsar la práctica del deporte como un medio para salir de la zona de confort y entrar en zona de aprendizaje.
8. Averigua si tu entrenador ha recibido algún tipo de formación que le permita hacer del deporte un medio pa
ra trabajar las virtudes. En esta página po- drás encontrar una muy buena opción: http://www. redmision.org/mexico/programas/sportsleader/
No me queda más que animarte a que ha- gas un esfuerzo por iluminar tu vida cotidiana a la luz de la fe católica. Descubre cómo la Iglesia de verdad puede dar respuesta a todos los interrogantes del hombre. Vivir un catolicismo de manera in- tegral es una de las grandes as- piraciones del hombre. Y el deporte, una excelente
herramienta.

// Por Carlos Otero “Manito”
Es común escuchar entre los adultos y personas de edad avanzada “que los tiempos que hoy vivimos ya no son los de antes” y que los jóvenes de hoy tienen demasiadas tentaciones que los distraen tanto, que fácilmente escuchamos finales trágicos de soledad, suicidio y perdición.
Hoy, nuestros jóvenes necesitan de adultos que tengan mas alegría y menos “autoridades” que disfruten recalcarles los “errores” que están expuestos a cometer todos los días. En vez de esto, los adultos han de buscar reforzarles los aciertos que logran en su vida. Hoy, los jóvenes requieren de adultos que decidan participar y acompañarlos, más que criticar y aislarse de las “buenas intenciones” que podrían cambiar su mundo y sociedad.
Hoy, los jóvenes necesitan el ejemplo de adultos que abran su mente y corazón a creer, en las personas que forman la sociedad, en las instituciones que son juzgadas de forma superficial por el mal ejemplo de unos cuantos, en los sueños de millones de jóvenes que rompen sus esquemas mentales y los de los adultos o instituciones que los “limitan” a innovar, emprender y crear nuevos proyectos o negocios de impacto social.
Hoy, todos necesitamos creer y soñar mucho más en nuestra misión, en lo temporal y pasajero de la vida, hasta que llegue el viaje eterno. Conscientes de que el tiempo no es el que “vuela”, sino nosotros los que “volamos”, cada día debemos priorizar lo importante y el sentido de por qué y para qué me he levantado cada día.
En los jóvenes hay la esperanza de un mundo mejor, de una sociedad más justa y más viva por el amor, más abierta a la unión de grupos y religiones que a la separación de estos sin razón.
Esos son nuestros jóvenes y esos somos los adultos que salimos a “escena” cada mañana para crear un presente mejor y un futuro lleno de luz, esperanza y amor.
Comentarios a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. Facebook: Manito conferencista

Padres obedientes, hijos tiranos. Así se tituló un libro publicado hace algún tiempo. “Ahora los papás somos obedientes, ya que cuando éramos pequeños obedecíamos a nuestros padres y ahora que so- mos padres obedecemos a nuestros hijos”, comenta Jesús Amaya Guerra, profesor de Humanidades del RC.
Los hábitos de la autodisciplina. Consecuencia del anterior, este nuevo libro, La rebelión de los jóvenes, está basado en Las aven- turas de Pinocho. “En esta obra literaria, Geppetto comete varios errores en la educación de su hijo Pinocho. Y uno de los errores más decisivos es haber hecho a Pinocho con déficit de Pepe Gri- llo”, explica el autor. ¿Y quién es Pepe Grillo? Pues, la conciencia de Pinocho, quien le instruía sobre lo bueno y lo malo, qué hacer y no hacer. “Por esa falta de conciencia, Pinocho cometió tantos errores”.
Decálogo de un delincuente
¿Quiere usted que su hijo sea delincuente? Siga estas diez reglas, compiladas por Emilio Calatayud, juez de menores de España.
1. Comience desde la infancia dándole todo lo que pida (sentirá que el mundo le pertenece).
2. No le dé ninguna educación espiritual (se desarrollará sin un sentido significativo de vida).
3. Ríase de sus tonterías, groserías y tonos desafiantes (crecerá sin respeto ni autoridad).
4. Recoja todo lo que deja tirado, libros, revistas, zapatos (ese desorden reflejará su caos interno y falta de responsabilidad).
5. No lo regañe nunca ni le diga que algo está mal por miedo a traumarlo (tampoco entenderá las
reglas sociales y pretenderá romperlas a su antojo).
6. Deje que lea y vea todo lo que caiga en sus manos (su mente se ahogará en la basura).
7. Discuta y pelee enfrente de sus hijos y, sobre todo, insulte a su pareja (él también tendrá siempre una razón para insultar a todo mundo).
8. Déle todo el dinero que quiera gastar (creerá que el trabajo no es necesario).
9. Satisfaga todos sus apetitos, comodidades y placeres (carecerá de la capacidad de vivir con pequeñas privaciones y se frustrará a cada rato).
10. Concédale siempre la razón y póngase de su parte y no de los adultos (pretenderá imponerse en todo y a todos).
Hijos íntegros y felices. En estos tiempos, los hijos requieren más de los padres. Con todo respeto y firmeza, hay que decirles no y advertirles de las consecuencias. “No so- mos amigos de nuestros hijos, somos padres”, concluye este educador. Unos padres firmes y respetuosos son imprescindibles para que los hijos crezcan íntegros y felices.
Dios desea que el matrimonio sea una bendición para el mundo. Es lo que realmente se siente al momento en que, ante el altar, los contrayentes dicen: “Sí, prometo”. Este momento es un reflejo de aquel en que Dios colmó de bendiciones a Adán y a Eva, nuestros primeros padres.
¿Tiene Dios algo que ver en el enamoramiento entre las parejas? Sí. Dios tiene mucho que ver en el amor de los novios y de los esposos. Escoge a cada uno para ofrecerle todas las gracias del sacramento del matrimonio. Porque los esposos cristianos están llamados a mejorar el mundo, a mejorar la vida de los demás a través del sacramento del matrimonio.
Para asegurar que el matrimonio sea una bendición para el resto del mundo, además de las ricas fuentes espirituales como la oración y las buenas acciones, los esposos tienen que alimentarlo en todas las formas disponibles: directores espirituales, párrocos, confesores, sacerdotes, retiros, convivencias matrimoniales, libros, programas de radio, documentales, cursos, programas conciliatorios, terapeutas, psicólogos, orientadores para matrimonios en problemas, para los que comienzan, para parejas mayores. Hay toneladas de apoyos por doquier.

¿Qué es el matrimonio?
El matrimonio es un sacramento y es parte de la vida espiritual de cada creyente, pero recibe constantemente ataques. Este sacramento, que cada día parece perder más valor entre las sociedades tecnológicamente avanzadas, tiene como enemigos a los tres tradicionales de nuestra vida espiritual: el demonio, el mundo y la carne. El primero utiliza las engañosas atracciones del mundo y a las sociedades que no comparten los valores cristianos para estimular los deseos egoístas, y son estos deseos los que alejan al alma de Dios y de sus planes.
Dado que en una relación matrimonial el control es compartido por igual por cada esposo, ambos deben ser abiertos, saber perdonar, ser flexibles y, si se llega a un punto en que la relación puede hacer sentir temeroso o inseguro a alguno de los dos, han de evitar lo que no se pueda controlar.
Los esposos no están solos en el cumplimiento de su misión. Es cierto que los enemigos son fuertes, pero Dios está de su lado, y mediante la oración y la orientación espiritual apropiada los cónyuges sienten su presencia en todos los actos de su vida diaria, y eso les da la confianza para enfrentar cualquier situación. No están solos, Dios está de su lado y presto a socorrerlos si se lo piden con fe.
Lo mejor que pueden hacer por su matrimonio radica en esforzarse por lograr la santidad. Permitir que la corriente de la gracia de Dios empape sus almas, que las perfeccione y desarrolle, que las inspire en todo momento. Mientras más llenos estén de Dios, más abiertamente vivirán su vocación matrimonial. Lo más importante es la vida de gracia, que se traduce en rezos, en recibir los sacramentos de la eucaristía y del perdón, en seguir las enseñanzas de la Iglesia y en practicar las obras de misericordia.
Como seres humanos, también los esposos son vulnerables al egoísmo y a la autosuficiencia, a la impureza de alma y cuerpo, a la autocomplacencia, a la rutina, y si tratan de combatir esas tentaciones solos, confiados únicamente en su fuerza, van a fracasar. Deben armarse con el arsenal que Dios pone siempre a su disposición.
