
// Por Berenice García
Consagrada del Regnum Christi, Directora del Rosedal Vista Hermosa
Me llama la atención cuando más de una de las jóvenes que atiendo en Dirección Espiritual, o una que otra mamá me pregunta que si realmente soy feliz al ser consagrada. ¿Puede una persona en esta época actual encontrar felicidad en una vida dedicada a Dios y a los demás? Soy consagrada desde hace 12 años. Decidí consagrarme el verano que terminé mi preparatoria. La última opción de mi lista a decir verdad, pero Dios se las arregló para colarse y escalar al número uno de las decisiones a tomar. Generalmente las inquietudes que surgen cuando me preguntan por mi vocación son: ¿por qué te consagraste tan joven? ¿Por qué no decidiste esperar a estudiar una carrera? ¿Por qué no darte más tiempo en el mundo? ¿Por qué renunciar al amor humano? La respuesta la veo bastante clara. Porque a esa edad descubrí para quién estaba hecha y qué camino debía seguir.
Definitivamente este camino tiene historias tan diversas como personas lo seguimos. Dios ha querido para mí seguirlo desde una edad joven y caminar en él ha traído grandes satisfacciones y también momentos difíciles que me han hecho crecer y madurar en mi vida. Si la pregunta que se me hace es cómo vivo mi vocación me gustaría decir que como cualquier ser humano: con ilusiones, retos, alegrías... pero también fracasos, tristezas y desilusiones. Dios, cuando nos llama, no nos deshumaniza y, por lo mismo, todo lo anterior cabe perfectamente en una vida consagrada. Por un lado experimento el reto de llevar el timón de un colegio.He aprendido mucho en estos 4 meses que estoy dirigiéndolo.
Experimento también ilusión de poder guiar a niñas, adolescentes y jóvenes para que logren ser mujeres auténticas, y a la vez me da una profunda alegría el poder ayudar en la formación de profesoras, coordinadoras, equipo docente. Todo lo anterior es una profunda motivación para mí. Se trata de un binomio oración acción que me lleva a desgastarme por algo que estoy convencida que vale la pena. Es decir, vivir para que alguien experimente lo que es el amor desinteresado, vale mi vida entera.
Esto mismo que me motiva a la vez genera a diario momentos de tensión, dificultad, desilusión. ¿Cómo no sufrir con alguien que pasa por un momento difícil en su vida personal o familiar? ¿Cómo no experimentar tristeza cuando la gente que quieres y tienes a tu alrededor la experimentan? ¿Cómo no sentir confusión cuando te enfrentas a situaciones tan dolorosas que Dios permite?... Me gusta “sentir con” las personas que Dios ha puesto en mi camino. Me gusta estar para ellas, a veces poder dar un consejo, otras simplemente ofrecer compañía o consuelo.
Esto es mi vocación: ESTAR para los demás, poder ser un bálsamo para sus heridas, intentar una y otra vez que todas experimenten a través de mí lo que es un amor desinteresado como el que Jesús nos brinda siempre a través de un gesto, una palabra o una acción.